Hay cosas que el campo te da sin pedir permiso. Sin factura. Sin sello ecológico. Sin etiquetas. Solo están ahí, esperando que alguien las mire.
Julio es tiempo de zarzamoras, de higos chumbos, de matas de hinojo creciendo entre las piedras. Es ese momento del año en el que la tierra se vuelve salvaje y generosa a su manera. Te regala sin avisar.
Rebuscando entre los márgenes del camino —allá donde estés— puedes encontrar tomillo, moras, fresitas silvestres, orégano, algarrobas…Comida que no viene del súper, ni de un huerto, ni de ningún catálogo. Solo crece.
Recolectar lo silvestre es un arte antiguo. Seguro que tienes o tenías un abuelo, madre o primo que lo hacía, se llenaba las manos de tierra y arrañazos y venía con la cesta llena de espárragos. Es una forma de mirar el paisaje con otros ojos, de entender que el campo no se acaba donde termina el cultivo.
Si te animas a salir a buscar, recuerda hacerlo con respeto:
– No arranques de raíz.
– No recojas más de lo que vas a usar.
– Y si no estás segurx de lo que es, mejor dejarlo estar.
🌿 Hay algo muy bonito en volver a eso.
A comer lo que no se compra.
A agradecer lo que no sembraste tú.
Mientras tanto, nosotros seguimos recolectando lo que sí sembramos.
Con el mismo cariño.
Con las manos igual de llenas de tierra.
Hemos elaborado una pequeña guía para recolectores que puede serte útil este verano, descárgatela aquí






